El placer de sobrevivir

Suiza es deliciosa. Literalmente. Inventaron la raclette y la fondue para hacernos felices por generaciones. A mí, que soy una hedonista irremediable que aún no ha sido víctima de la alergia generacional al lácteo, con eso me bastaría para perder toda objetividad y lanzarme a la exaltación artística desenfrenada. Pero no ha sido  sólo la suavidad del queso, no han sido sólo las montañas y el aire cristalino (que en sí mismo bastaría para que una chilanga IMECA como yo tuviera un colapso pulmonar con alucinaciones propias de la sobreoxigenación): no. Ha habido más que calorías y destellos de luz en esta helvética historia de amor. ¿Por qué? Pues porque Suiza ha tenido un gesto de profunda elegancia con DramaFest y por primera vez tenemos el lujo de trabajar con un país que propone una colaboración a ambos lados del Atlántico desde su gestación: una colaboración más comprometida que nunca, un intercambio de miradas que, como parte de la ecuación, programa teatro mexicano en los escenarios de Ginebra incluso antes de haber estrenado. Será éste un encuentro cargado de confianza y compañerismo nunca antes vistos en los 14 años que llevo dirigiendo el festival. Es así como, en esta edición, DramaFest perfila su debut hacia una incipiente horizontalidad, posición que, como todos sabemos, no sólo es agradable, sino muy propicia para la creación.

Los equipos de Théâtre Poche Gve y DramaFest hemos echado mano de todas las artes de la imaginación y violentado la logística de maneras temerarias para poder enfrentar con gracia el previsible choque entre el estado de bienestar suizo y la crisis presupuestal que conoce hoy la cultura en México. Hemos recurrido a la medicina, las matemáticas y hasta a la teología para poder sobrellevar el desasosiego sísmicoelectoral y permanecer de pie con el financiamiento tambaleante pero el ánimo y la creatividad a tope. Así, todavía en una lógica hedonista, puedo decir que no hay placer más delicioso que sobrevivir.

Por si faltara felicidad, en esta edición contamos con una de las más grandes delicias que sea posible desear: tener a Oaxaca. ¡Ay! ¿Quiénes de nosotros no llevamos a Oaxaca en el corazón (y en el paladar)? Uno de los centros culturales más poderosos de nuestro país: nuestra casa, nuestra historia, nuestro orgullo. Un referente absoluto de las artes visuales, populares y gastronómicas que, sin duda, se verá beneficiado de este apoyo renovado a las artes escénicas. La creatividad de Oaxaca es desbordante y su comunidad aguerrida en el más noble de los sentidos: el artístico.

Gracias a todos los que a ambos lados del Atlántico nos escucharon, en particular a la Fundación BBVA Bancomer y a la Fundación Alfredo Harp Helú, que se sumaron a las batallas con gran generosidad.

Ojalá esa edición sea dulce y espesa. Ojalá las puestas en escena que vamos a estrenar sean profundas, aromáticas y espumosas. Ojalá nuestras lecturas sean tan energéticas que luego puedan convertirse en montajes; es decir, ojalá este DramaFest logre todas las virtudes del chocolate. Con Oaxaca y Suiza de invitados es lo menos a lo que deberíamos aspirar.

Aurora Cano