Con esta edición, DramaFest, festival teatral centrado en la dramaturgia contemporánea que se celebra de manera bienal, inicia su segunda década de vida. Las ideas que animaran su nacimiento hace doce años son básicamente dos: la voluntad rayana en la obsesión de mi querida e incansable amiga Aurora Cano de contrastar experiencias y compartir proyectos con otros países y de estimular la escritura dramática en el nuestro en un momento en que parecía haber quedado a la saga de otros aspectos de la creatividad escénica, pero también una discusión circular pero gozosa que ha venido alimentando una relación de sparring personal, profesional y hasta intelectual entre ambos: la eventual superioridad literaria, política y psicológica de Shakespeare (según Aurora) o de Molière (según yo).

Como Aurora es la jefa –la patronne, la llamo yo, en mi infinita francofilia y en guiño a la Thénardier (que no a Madame Défarge: no es para tanto)–, la primera edición de este festival tuvo por país invitado al Reino Unido. Doce años después, arrive mon tour: DramaFest dialoga con Francia. O al menos lo intenta.

Digo que lo intenta porque hablo con el más íntimo de los conocimientos de causa: el de alguien que, sin que corra por sus venas una sola gota de sangre francesa, ha sido acusado en más de una ocasión de ser demasiado francés. (El último en haber levantado tal cargo en mi contra resultó ser, otra ironía, un francés.) Y no sólo porque desayuno todos los días croissant – café sino porque mi escolaridad de la Maternelle à la Terminale en el sistema educativo francés me cambió, por así decirlo, el chip (o, mejor, la puce, que es como nombramos los francófonos los circuitos integrados). Y los franceses –considéreseme uno honorario, s’il vous plaît– somos tercos, cuestionadores y retorcidos, al grito de guerra de “Pourquoi faire simple si on peut faire compliqué?”. Lo que, dicen, resulta de lo más inconveniente cuando de quesos o filosofía posestructuralista se trata –me han dicho que hay quienes no gustan del Mimolette o no logran comprender a Derrida: allá ellos– pero resulta harto útil llegado el momento del gran teatro, de aquel que todo debe ponerlo en tela de juicio, que tiene por misión plantear preguntas y no respuestas, indagar, subvertir, deconstruir. Donde Yago y Ricardo III son villanos, Tartufo es, si se me permite hilar la metáfora, un precioso ridículo, al mismo título que esa cantante calva que sigue peinándose de la misma manera. Y, como quedará en claro en esta edición de nuestro festival, sólo un director francés podría interesarse en un texto que pone a Novo a pasar su saison en enfer en el Mictlán y sólo un dramaturgo de esas latitudes hacer protagonista de su obra a un personaje inexistente creado en una circunvolución narrativa mesmerizante por Alfred Hitchcock, acaso aterrizado en el teatro por vía de los Cahiers du Cinéma.

Con su quinta edición, DramaFest da también la bienvenida como estado invitado a Yucatán, entidad que descolla en el panorama nacional por su vigorosa actividad teatral. Y me despide a mí como productor asociado, llamado como estoy por nuevas responsabilidades que sólo me permiten en lo sucesivo fungir como su asesor literario y, sobre todo y como siempre, como su entusiasta espectador. Plus ça change, plus c’est la même chose.

 

Nicolás Alvarado