Esta es la segunda edición del DramaFest, y como dicen que las segundas partes no son buenas, decidimos desafiar este imperativo casi cósmico invitando a un país cuyo teatro es de los más sólidos desde cualquier perspectiva posible: Alemania.

Pero ¿qué puede salir de la fusión de dos países tan opuestos? Goethe dice que el espíritu tiende a ir a buscar su opuesto y unírsele de una manera entrañable. “Afinidad electiva” le llama él, sacando jugo poético de una expresión propia de la química. En todo caso, este DramaFest es un laboratorio del absurdo, una oda a la descomposición social y un “laberinto de soledades”. Paz estará de acuerdo conmigo en que no somos la única cultura que se siente sola. Nuestra primera coincidencia: el desamor. Nos miramos en la melancolía y ahogamos nuestras penas con cerveza. Ambos nos encontramos en el arte y nos perdemos en la frustración. Los dos tenemos selvas (Negra y Lacandona), y tal vez por eso, una extraña necesidad de adentrarnos en el oscuro mundo de la ficción. Debo confesar que de todos nuestros puntos de encuentro, lo único que sí me perturba un poco son las águilas de nuestros escudos. Entiendo que son el recordatorio gráfico de nuestras disímiles épocas imperiales, pero igual son animales hostiles. En realidad, sólo disentimos en la forma, en el protocolo y desde luego en la infraestructura. ¿Es esto suficiente para hablar de “el otro”? No lo sé.

De cualquier modo, si queremos dar realmente un paso nuevo, si queremos saber qué pasa con el otro, si de verdad nos interesa el otro, el DramaFest debe ser un ejercicio vivo (y arriesgado) en lugar de un emblemático “encuentro de dos culturas”. Aquí no se trata de una muestra de talentos sino de atrevernos a mezclarnos, de juntar los ingredientes aún con el riesgo de que el experimento pueda terminar en explosión. Es más, ojalá termine en explosión (catártica, creativa, provocativa).

En fin, gracias a la colaboración de las instituciones, (que en esta ocasión han tenido que combatir el vértigo sexenal, las vacaciones de verano y la violencia burocrática), el DramaFest ha crecido. Gracias a la creatividad, y especialmente al compromiso de los participantes de esta edición (mexicanos, poblanos y alemanes), el DramaFest se ha fortalecido. Y gracias a ustedes que comparten esta experiencia desde la butaca, hay “jóvenes corazones idiotas” que insisten en hacer teatro en México.

AURORA CANO.